Gérard Rondeau

Una vez más les venimos a hablar sobre una de las exposiciones de la Maison Européenne de la Photographie. Ésta vez se trata del fotógrafo francés Gérard Rondeau, aclamado artista polifacético.

La exposición retrasa de manera bastante completa la carrera profesional del fotógrafo, desde su serie sobre lo que pasa tras bambalinas en los museos, hasta sus retratos de personajes influyentes como Keith Haring entre otros.

¿Qué es lo que unifica la compleja y muy ecléctica obra de Rondeau? Estéticamente, el blanco y negro, así como el sepia, parecen reinar en todas las fotografías del artista. A diferencia de Harry Gruyaert, también expuesto en éste antro que celebra la fotografía, Rondeau toma el partido de lo binario, de los contrastes constantes. Esto da como resultado una elegancia, inherente al blanco y negro, que se explaya en toda su obra. Sin embargo, más allá de la unidad plástica, algo que siempre acompaña las imágenes de Rondeau es el silencio visual. ¿Cómo es que se representa el silencio en una imagen? A través de paisajes desolados, a través de imágenes fijas con geometrías lineares: el silencio son horizontales o verticales componiendo la imagen, el silencio son cuartos vacíos o fragmentos de cuerpos que parecen inertes. El silencio visual es fijo, único y casi inexistente. He aquí una de las características fundamentales de la fotografía, dar cuenta del instante que apenas es perceptible. Bien lo dijo Roland Barthes en su libro, La cámara clara: “aquello que la fotografía reproduce al infinito no sucede más que una vez: (la fotografía) repite mecánicamente aquello que no podrá repetirse existencialmente”. Inmortalizar, la obsesión mayúscula del ser humano encuentra un eco detrás del objetivo de Rondeau y sus silencios poéticos.

En esta misma línea de pensamiento, una de las salas de la institución exhibe los retratos de personalidades captadas por Rondeau como Susan Sontag, el cineasta Jim Jarmusch o el filósofo Jacques Derrida. En ocasiones la “mise en scène” acompaña al personaje para dar un cierto tono a la imagen; no obstante, Rondeau logra capturar la esencia misma de cada individuo que retrata. La fuerza de uno o la mirada desafiante de otro, pequeños rasgos que el fotógrafo francés toma e inmortaliza contribuyendo así la deificación y el mito de individuos que cambiaron la historia. La posteridad sigue siendo el objetivo de cada retrato.

Por otro lado, las serie fotográfica dedicada a servir de testimonio visual de aquello que sucede en los museos cuando el público brilla por su ausencia, contrasta con los retratos del artista. La imagen en éste caso se presta a ser interpretada, las metáforas resuenan e invitan a reflexionar sobre el valor de los iconos y el poder de las imágenes religiosas. Jesús boca abajo, un Budha al que se le quita un velo de plástico son finalmente iconos que pierden su poder de evocación y son banalizados. A su vez, no sólo se trata de valores religiosos, de igual manera el arte, la pintura, pierde de su fuerza si se cambia de contexto. Fuera de la institución, los símbolos religiosos y el arte mismo, no se diferencian de la publicidad. Como dijo Daniel Arasse, una Vénus no es más que una pin-up si lo vemos fríamente.

Finalmente, la exposición invita a pensar la naturaleza de la fotografía y sobre sus poderes evocativos, sobe aquello que despierta en la mente del espectador. La fotografía se presenta como imposible y antagónica al humano, es lo que no somos y anhelamos ser: la eternidad. En un autorretrato, Gérard Rondeau marcó la siguiente insignia: “la muerte es primero una imagen”. Lo estático y contemplativo es lo propio a las imágenes, en oposición al ser humano, criatura en constante movimiento. Si bien la exposición muestra el deseo constante del ser humano a perpetuarse, cada imagen resulta una suerte de celebración a la vida. Cierto es que el arte tiene más tiempo de vida que nosotros; sin embargo, éste último se basa del movimientos existencial, sin lo efímero no podrías existir la permanencia propia al arte.

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